Resurrección

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Cuando Nejliúdov llegó a la prisión el convoy no había salido aún, y desde las cuatro de la madrugada tenía lugar dentro de la prisión un intenso trabajo de entrega y recepción de los detenidos que partían. El convoy estaba formado por seiscientos veintitrés hombres y sesenta y cuatro mujeres: era preciso comprobar la documentación de cada uno, separar a los enfermos y débiles y entregarlos a los que integraban la escolta. El nuevo director, los dos subdirectores, el médico, el practicante, el oficial de la escolta y un escribiente estaban sentados ante una mesa llena de papeles y objetos de oficina, que habían sacado al patio a la sombra del muro. Llamaban, reconocían, interrogaban e inscribían uno tras otro a los detenidos.

La mesa ya estaba invadida hasta la mitad por los rayos solares. El calor apretaba, sobre todo por la falta de corriente de aire y la respiración de la multitud de detenidos presentes.

—Pero ¿qué es esto? ¡No habrá fin! —exclamaba el jefe del convoy, un hombre alto, grueso, colorado, de hombros altos y brazos cortos, con bigote, mientras daba una chupada al cigarro que fumaba constantemente—. Están agotándonos. ¿De dónde habéis sacado tantos? ¿Hay muchos todavía?

El escribiente se informó.

—Quedan veinticuatro hombres y las mujeres.


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