Resurrección
Resurrección —¿Por qué os paráis? ¡Acercaos! —gritó el jefe del convoy a los presos que se apretaban unos contra otros y aún no habían sido apuntados.
Los presos llevaban ya más de tres horas en las filas, y no a la sombra, sino al sol, esperando su turno.
Este trabajo se realizaba dentro de la prisión. Fuera, a la entrada, permanecía como siempre el centinela con el fusil, unos veinte carros para las cosas de los presos y los enfermos; en un rincón, un grupito de familiares y amigos esperando la salida de los presos y, en el caso de ser posible, hablarles y entregarles algo a los que marchaban. A este grupo se unió Nejliúdov.
Permaneció allí alrededor de una hora.
Al cabo de ese tiempo, al otro lado del portón se oyó ruido de cadenas, de pasos, las voces de los jefe, toses, y el rumor de la gran muchedumbre. Esto duró unos cinco minutos, durante los cuales los carceleros entraban y salían. Al fin se oyó la voz de mando.