Resurrección
Resurrección Con un ruido de trueno se abrió el portón, el chirrido de las cadenas se hizo más intenso y salieron a la calle los soldados de la escolta, con cascos blancos y fusiles, y —por lo visto como una maniobra habitual— se distribuyeron en un amplio y bien formado circulo delante de la entrada. Cuando se detuvieron volvió a oÃrse otra vez la voz de mando, y comenzaron a salir los presos de dos en dos, con gorras planas sobre las cabezas afeitadas, con sacos al hombro, arrastrando los pies encadenados, moviendo una mano libre y sujetando con la otra el saco al hombro. Primero iban los hombres condenados a trabajos forzados, con igual pantalón gris y guardapolvo, con una señal en el espalda. Todos ellos —jóvenes, viejos, delgados, gruesos, pálidos, colorados, negros, bigotudos, barbudos, afeitados, rusos, tártaros, hebreos— salÃan haciendo sonar las cadenas y movÃan enérgicamente el brazo libre, como si se prepararan para ir a un lugar muy lejano, pero al recorrer diez pasos se detenÃan para formar dócilmente una fila de cuatro en fondo, colocándose uno tras otro. Tras ellos, sin interrupción, fluyeron del portón otros con la cabeza igualmente afeitada pero sin hierros en los pies; iban, sin embargo, esposados de dos en dos y vestidos de la misma forma. Eran los deportados… SalÃan con la misma energÃa; se detenÃan y se distribuÃan también en filas de cuatro en fondo. VenÃan después los comunes y a continuación las mujeres. También por orden, primero las condenadas a trabajos forzados, con blusas grises de presidiarias y pañuelos a la cabeza; luego, las deportadas y las que seguÃan voluntariamente a sus familiares, con indumentarias de la ciudad y de la aldea. Algunas de las mujeres llevaban niños de pecho envueltos en el bajo de sus blusas grises.