Resurrección
Resurrección Unos cuantos presos, quitándose la gorra, se acercaron al oficial de la escolta y uno le preguntó algo. Nejliúdov supo después que habían pedido permiso para subir a los carros. Nejliúdov vio cómo el oficial de la escolta, sin mirar al que le preguntaba, dio una chupada al cigarrillo, y cómo luego, de pronto, amagó con su corto brazo al detenido y cómo aquél, metiendo la cabeza afeitada entre los hombros, esperando el golpe, se apartó de un salto.
—¡Te voy a dar una que te vas a acordar! ¡Llegarás a pie! —gritó el oficial.
Sólo permitió el oficial que subiera al carro un anciano tembloroso y larguirucho, con grilletes en los pies. Nejliúdov vio cómo el viejo se quitó la gorra, se santiguó y se dirigió hacia los carros, y cómo durante mucho tiempo no pudo subir a causa de las cadenas que le impedían levantar sus débiles piernas, y cómo una mujer que ya estaba sentada en el carro le ayudó tirando de él por un brazo. Cuando los carros se llenaron de sacos y sobre éstos se sentaron los que estaban autorizados, el oficial de la escolta se quitó la gorra, se limpió la frente, la calva y el grueso cuello con el pañuelo, y se santiguó.
—¡Adelante! ¡En marcha!