Resurrección
Resurrección El guardia hubiera querido servir al rico propietario del coche lujoso, deteniendo a los presos para dejarle paso, pero se dio cuenta de que en esta marcha había una solemnidad triste que no podía interrumpirse ni siquiera para tan rico señor. Sólo se llevó la mano a la visera en señal de respeto ante la riqueza y miraba con severidad a los presos, como ofreciéndose en cualquier caso a defender de ellos a los ocupantes del coche. Así que el carruaje tuvo que esperar a que pasara toda la columna, y se puso en marcha únicamente cuando pasó retumbando el último carro con sacos y presos sentados encima. Entre ellos, la mujer histérica, que ya se había calmado, al ver el lujoso coche empezó otra vez a sollozar y lanzar lamentos. Sólo entonces el cochero tiró ligeramente de las riendas y los potros negros, haciendo sonar los cascos contra el empedrado, tiraron del coche que se balanceaba sobre sus llantas de goma, deslizándose hacia la casa de campo, donde iban a divertirse el marido, la mujer, la niña y el niño de cuello delgado y clavículas salientes.
Ni el padre ni la madre dieron una explicación a los hijos de lo que habían visto. Así que los niños tuvieron que resolver por su cuenta el significado del aquel espectáculo.