Resurrección
Resurrección La niña, al observar la expresión de los rostros de su padre y de su madre, decidió que eran gentes completamente distintas a sus padres y amistades, que era otro tipo de gente y que por eso había que tratarlos de la forma que lo hacían. Por eso la niña sólo sintió miedo y se puso contenta cuando desaparecieron de su vista.
Pero el niño de cuello alto y delgado, que había seguido la columna sin parpadear y sin bajar la vista, resolvió la cuestión de otra manera. Sabía firme e indiscutiblemente —lo sabía directamente por Dios— que esas personas eran exactamente igual que él mismo, como todos, y que, por tanto, con esa gente hacían algo que no debían hacer, y se apiadó de ellos. Y experimentó una sensación de terror ante los encadenados y afeitados y ante los que les habían encadenado y afeitado. Por eso sus labios se fueron hinchando cada vez más y hacía grandes esfuerzos para no echarse a llorar, suponiendo que llorar en tales circunstancias era vergonzoso.