Resurrección

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XXXVI

Nejliúdov marchaba con el mismo paso rápido que los presos. Aunque vestido ligeramente, con un abrigo de verano, tenía un calor espantoso. Sobre todo le ahogaba el polvo y el aire caliente inmóvil que invadía las calles. Después de andar la cuarta parte de una versta, subió al coche y siguió adelante. Pero en el interior del vehículo, en medio de la calle, le pareció que hacía más calor todavía. Intentó recordar la conversación que tuvo la víspera con su cuñado, pero ahora esa idea ya no le inquietaba como por la mañana. Había quedado velada por la impresión de la salida de los presos y de la marcha del convoy. Pero lo más terrible era el calor aplastante. Junto a una valla, a la sombra de unos árboles, había dos colegiales descubiertos e inclinados hacia un hombre en cuclillas que vendía helados. Uno de los niños ya se deleitaba comiéndolo con una cucharita de hueso, el otro esperaba que le terminase de llenar un vasito de sustancia amarilla.

—¿Dónde podría beber algo por aquí? —preguntó Nejliúdov a su cochero, sintiendo un deseo invencible de refrescarse.

—Aquí mismo encontraremos ahora una buena taberna —dijo el cochero, y giró hacia una bocacalle, acercando a Nejliúdov a una puerta con un gran letrero.


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