Resurrección
Resurrección Un dependiente gordo, en mangas de camisa, estaba detrás del mostrador, y unos camareros, con delantales que en otro tiempo fueron blancos, permanecían sentados ante las mesas, aprovechando la ausencia de clientes. Todos miraron al recién llegado, poco habitual, y le ofrecieron sus servicios. Nejliúdov pidió agua de Seltz y se instaló lejos de la ventana, junto a una mesita cubierta con un mantel sucio.
En otra mesa había dos hombres sentados ante un servicio de té y una botella de cristal blanco; se enjugaban el sudor de la frente y hacían cuentas en actitud tranquila. Uno de ellos era moreno y calvo, con un mechón de cabellos negros en la nuca igual que Ignati Nikíforovich. Este hecho recordó de nuevo a Nejliúdov la conversación que sostuvo la víspera con su cuñado y el deseo de verle a él y a la hermana, antes de la marcha. «Apenas si me dará tiempo antes de la salida del tren —pensó—. Mejor les escribiré una carta.» Pidió papel, sobre y un sello. Y dando sorbos de agua fresca, se puso a pensar en lo que iba a escribir. Pero sus ideas se dispersaban y era incapaz de redactar una carta.