Resurrección
Resurrección «Querida Natasha, no puedo marcharme bajo la penosa impresión que me ha dejado la conversación de ayer con Ignati NikÃforovich…» empezó. «¿Qué más? ¿Pedir perdón por lo que dije ayer? Pero dije lo que pensaba. Y él se creerá que me retracto. Además, esa intromisión suya en mis asuntos… No, no puedo», y sintió surgir de nuevo el odio hacia ese hombre extraño, seguro de sà mismo y que no le comprendÃa. Nejliúdov guardó en el bolsillo la carta sin terminar, pagó, salió a la calle y marchó para alcanzar la columna de presos.
El calor habÃa aumentado. Las paredes y el empedrado parecÃan despedir aire caliente. Al pisar la calzada, daba la impresión de que se quemaban los pies y Nejliúdov creyó abrasarse cuando rozó con la mano desenguantada la aleta del coche pintada de laca.
El jamelgo, con paso perezoso, golpeando rÃtmicamente el empedrado con las herraduras, se arrastraba por las calles; el cochero se adormecÃa continuamente. Nejliúdov, sentado, sin pensar en nada, miraba ante sà con indiferencia. En una calle empinada, frente a la entrada de una gran casa, habÃa un grupo de gente, y un soldado de la escolta con el fusil. Nejliúdov mandó parar el coche.
—¿Qué ocurre? —preguntó el portero.
—Algo le ha ocurrido a un preso.