Resurrección
Resurrección Nejliúdov descendió del coche y se acercó al grupo. Sobre el empedrado irregular de la calzada, junto a la acera, estaba tendido, con la cabeza más baja que los pies, un preso de cierta edad. Era de anchos hombros, barba rojiza, rostro encarnado y nariz aplastada, con un guardapolvo gris y pantalón del mismo color. Estaba tendido boca arriba, con las palmas de las manos cubiertas de pecas apoyadas contra el suelo. De vez en cuando se estremecía su ancho pecho, sacudido por una convulsión, mientras sus ojos, fijos en el cielo, estaban inyectados de sangre. A su alrededor estaban un guardia de aspecto sombrío, un repartidor, un cartero, un dependiente, una mujer vieja con una sombrilla y un muchacho de pelo corto con una cesta vacía.
—Se ha debilitado después de estar en la prisión, y ahora los llevan con todo el calor —censuraba a alguien el dependiente, encarándose con Nejliúdov.
—Se va a morir —dijo con voz llorosa la mujer de la sombrilla.
—Hay que desabrocharle la camisa —intervino el cartero.
El guardia, con dedos temblorosos y con torpeza, empezó a desabrochar la cinta en el cuello rojo lleno de venas. Estaba visiblemente alterado y confuso, pero así y todo consideró necesario llamar la atención a la gente.