Resurrección

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El sargento miró severamente a Nejliúdov, pero no dijo nada. Cuando el portero trajo una jarra con agua, ordenó al guardia que se la diera. El guardia levantó la cabeza desplomada del preso y trató de echarle agua en la boca, pero no la admitía. El agua se desparramó por la barba, mojando la chaqueta y la camisa de lienzo basto y cubierta de polvo.

—¡Échesela por la cabeza! —ordenó el sargento al guardia; éste le quitó la gorra y echó el agua sobre sus cabellos rojizos ondulados y sobre su peluda nuca.

Los ojos del preso, como asustados, se abrieron más. Pero su estado no cambió en absoluto. Por su cara caían churretes, pero su boca seguía convulsionándose a intervalos regulares y todo su cuerpo temblaba.

—¿Y este coche, qué? ¡Tómenlo! —mandó el sargento al guardia, indicando el coche de Nejliúdov—. ¡Acércate! ¡Eh, tú!

—Está ocupado —respondió el cochero sombrío, sin levantar la vista.

—Es mío —exclamó Nejliúdov—, pero utilícenlo. Yo pagaré —añadió, dirigiéndose al cochero.

—Bueno, ¿y por qué se quedan pasmados? —gritó el sargento—. ¡Cójanlo!


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