Resurrección
Resurrección Nada más entrar en la sala, todos los hombres volvieron los ojos hacia ella y contemplaron durante largo rato su blanco rostro, de ojos negros y brillantes, así como su busto, que se destacaba bajo el guardapolvo. Incluso el guardia ante el que pasaba no quitó de ella los ojos, como horrorizado, y, cuando se hubo sentado, como si se reconociera culpable, se apresuró a volver la cabeza y fijó la vista en la ventana de enfrente.
El presidente esperó a que los acusados ocuparan sus sitios, y tan pronto como se hubo sentado Máslova, se dirigió al secretario.
Dio comienzo el procedimiento habitual: pasaron lista a los jurados, tomaron nota de los que no se habían presentado —imponiéndoles una multa— y nombraron a los suplentes. Después, el presidente enrolló las papeletas, las echó dentro de uno de los jarrones de cristal y, tras recoger ligeramente las mangas de la toga —con lo que dejó al descubierto el brazo velludo— empezó a sacarlas una a una con gesto de prestidigitador, desdoblándolas y leyéndolas a continuación. Luego se bajó las mangas y pidió al sacerdote que tomara juramento a los miembros del jurado.