Resurrección
Resurrección Nejliúdov mientras tanto observaba al muerto que ahora nadie le impedía ver y cuyo rostro, antes tapado con la gorra, estaba descubierto. Así como el otro preso era horroroso, éste era extraordinariamente hermoso y bien proporcionado. Era un hombre en la plenitud de su fuerza. A pesar de que tenía la cabeza deformada por estar afeitada hasta la mitad, la frente ligeramente abombada por encima de los ojos ahora sin vida, era muy hermosa; lo mismo que su nariz mediana y aguileña bajo la que había un estrecho bigote. Los labios, amoratados, estaban plegados en una sonrisa. Una pequeña barba bordeaba ligeramente la parte inferior del rostro, y en la parte afeitada de la cabeza se veía una oreja de mediano tamaño, fuerte y bonita. Sin hablar ya de que por ese rostro se veían las grandes posibilidades de vida espiritual que habían sido malogradas en ese hombre, por las finas y huesudas manos y los pies encadenados y por los fuertes músculos de todos sus miembros proporcionados se veía que era un individuo magnífico, un animal mucho más perfecto en su género que aquel potro bayo por cuya pata estropeada tanto se había enfadado el jefe de los bomberos. Y, sin embargo, habían acabado con él y no sólo nadie se compadecía como de una persona, sino que ni siquiera como de un animal de labor echado a perder. El único sentimiento que había despertado en toda la gente su muerte era de fastidio por las gestiones que era imprescindible realizar para apartar su cuerpo, que amenazaba con descomponerse.