Resurrección
Resurrección En la sala entraron el médico con el practicante y el comisario. El médico era un hombre fuerte y rechoncho, con una americana de seda cruda y un pantalón del mismo género, muy estrecho, que le ceñía las pantorrillas musculosas. El comisario era bajito y regordete, con una cara redonda y colorada como un globo, que se hacía más redonda porque llenaba las mejillas de aire y lo soltaba poco a poco. El doctor se sentó en el catre, junto al muerto. Lo mismo que el practicante, le tocó una mano, le auscultó y se puso en pie, estirándose el pantalón.
—No puede estar más muerto —comentó.
El comisario se llenó la boca de aire y lo soltó despacio.
—¿De qué prisión? —preguntó al soldado de la escolta.
El soldado respondió de dónde y le recordó que llevaba los grilletes en los pies.
—Ordenaré que se los quiten. Gracias a Dios, tenemos herreros —explicó el comisario y, llenándose otra vez la boca de aire, se fue hacia la puerta soltándolo lentamente.
—¿Por qué sucede eso? —preguntó Nejliúdov al médico.
El médico le miró por encima de las lentes.