Resurrección
Resurrección —Y otra cosa. A ver si pudiera hablar con su marido, con Tarás —añadió, indicando con la vista a la risueña Fedosia—. Porque usted va con él, ¿no es eso?
—Señor, está prohibido hablar —se oyó la voz de un suboficial de la escolta. No era el que habÃa dejado a Nejliúdov.
Nejliúdov se apartó y fue a buscar al jefe, para interceder por la mujer parturienta y por Tarás. Pero durante mucho tiempo no pudo encontrarle ni obtener una contestación de los soldados de la escolta. Estaban muy atareados: unos llevaban a un preso a algún sitio, otros corrÃan a comprarse provisiones y colocaban sus cosas en los vagones, los terceros se afanaban en torno a una señora que iba en el compartimento de la oficialidad, y contestaban con disgusto a las preguntas de Nejliúdov.
Nejliúdov vio al jefe de la escolta cuando ya habÃa sonado por segunda vez la campanilla. El oficial, limpiándose con su corto brazo el bigote que le tapaba la boca y alzando los hombros increpaba por algo a un sargento.
—¿Qué es exactamente lo que quiere? —preguntó a Nejliúdov.
—Tienen ustedes a una mujer que está dando a luz en un vagón, y he pensado que harÃa falta…