Resurrección
Resurrección —Ahora mismo —dijo Nejliúdov— voy a pedÃrsela a uno de la escolta. Ya no nos veremos hasta Nizhni.
—¿Acaso va usted all� —preguntó Máslova, como si no lo supiera, mirando alegremente a Nejliúdov.
—Voy en el próximo tren.
Máslova no dijo nada, y sólo al cabo de unos segundos suspiró hondamente.
—¿Es cierto, señor, que han dejado morir a doce presos? —preguntó con voz recia de hombre una vieja de aspecto severo.
Era Korabliova.
—No he oÃdo que fueran doce. Yo he visto dos —respondió Nejliúdov.
—Dicen que son doce. ¿Es posible que no les hagan nada por eso? ¡Malditos demonios!
—¿No se ha puesto enferma ninguna de las mujeres? —preguntó Nejliúdov.
—Las mujeres son más fuertes —riéndose, contestó otra detenida de baja estatura—, pero a una se le ha ocurrido dar a luz. Ahora está dando gritos —dijo indicando el vagón vecino, desde el que se oÃan aquellos lamentos.
—Pregunta usted si necesito algo —comentó Máslova tratando de contener los labios de una alegre sonrisa—. ¿No podrÃan dejar aquà a esa mujer que está sufriendo mucho? DeberÃa usted decÃrselo a los jefes.
—SÃ, lo voy a decir.