Resurrección
Resurrección Nejliúdov pasó de largo y por indicación de un soldado se acercó al tercer vagón. Tan pronto como arrimó la cabeza a la ventanilla recibió un soplo de aire caliente, impregnado de un denso olor a cuerpo y sudor y oyó claramente voces femeninas agudas. En todos los asientos permanecían las mujeres con las caras encarnadas y sudorosas, con guardapolvos y blusas, e intercambiaban ruidosamente conversaciones. La cara de Nejliúdov cerca de la reja les llamó la atención. Las que estaban próximas guardaron silencio y se acercaron. Máslova, con una blusa y sin pañuelo a la cabeza, estaba sentada junto a la ventanilla del otro lado. Más cerca de esta parte se hallaba sentada la blanca y sonriente Fedosia. Al reconocer a Nejliúdov, empujó a Máslova y le indicó con la mano la ventanilla. Máslova se levantó apresurada, se puso un pañuelo sobre el pelo negro y, con el rostro encarnado, sudoroso y risueño, se acercó a la ventanilla y se agarró a la reja.
—¡Vaya calor que hace! —dijo, sonriendo alegre.
—¿Recibió las cosas?
—Sí, las recibí. Muchas gracias.
—¿Necesita algo? —preguntó Nejliúdov, notando cómo salía la ola de calor como de un horno.
—No, nada. Muchas gracias.
—Si pudiéramos beber algo —exclamó Fedosia.
—Pero ¿no tienen ustedes agua?
—Nos han dado, pero nos la hemos bebido toda.