Resurrección

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Estaban pendientes de esos trámites y por eso, mientras no terminasen, no dejaban a Nejliúdov ni a los otros que lo habían solicitado acercarse a los vagones. Sin embargo, a Nejliúdov le dejaron porque dio dinero al suboficial. El suboficial le pidió solamente que hablara lo más rápidamente posible y se retirara del vagón, para que no le viera el jefe. Había un total de dieciocho vagones y todos, a excepción del de la superioridad, estaban atestados de presos. Pasando junto a las ventanillas de los vagones, Nejliúdov escuchaba lo que sucedía dentro. En todos ellos se oía el ruido de las cadenas, rumores de voces, mezclas de palabras groseras, y en ninguno de ellos se hablaba —según esperaba Nejliúdov— de los compañeros muertos en el camino. Las conversaciones giraban acerca de los sacos, el agua para beber y la elección de sitios. Al mirar por la ventanilla de uno de los vagones, Nejliúdov vio que en el pasillo dos soldados quitaban las esposas a los presos. Éstos tendían las manos, uno de los soldados abría el candado con la llave y las quitaba. Otro recogía las esposas. Pasando todos los vagones de hombres, Nejliúdov se acercó a los de mujeres. En el segundo de ellos se oían los gemidos regulares de una mujer, acompañados de las siguientes palabras: «¡Ay! ¡Padrecito! ¡Ay! ¡Padrecito!».



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