Resurrección
Resurrección Nejliúdov se quedó tan absorto que no se dio cuenta de cómo había cambiado el tiempo: el sol se ocultó tras una nube baja dividida en dos, y desde el horizonte de poniente se acercaba otra nube compacta de color gris claro, que ya había descargado una parte en algún sitio lejano, sobre campos y bosques, con una lluvia densa y oblicua. La nube despedía una ráfaga de aire húmedo. De cuando en cuando los relámpagos cortaban las nubes y con el ruido de los vagones se mezclaba cada vez más el ruido del trueno. La nube se venía cada vez más cerca, las gotas oblicuas de la lluvia azotadas por el viento empezaron a dejar manchas en la plataforma y en el abrigo de Nejliúdov. Pasó al otro lado y, aspirando el aire húmedo de lluvia impregnado de olor a trigo, que hacía mucho tiempo esperaba ávida la tierra, contempló los jardines, bosques, campos de centeno que amarilleaban. Todo parecía haberse cubierto de laca: el verde se hizo más verde, el amarillo más amarillo y el negro más negro.
—¡Más, más! —exclamaba Nejliúdov, alegre por la esperada lluvia que caía sobre los campos, jardines y huertos.