Resurrección

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—Bueno, señor, siéntese. Quitaremos de aquí el saco —exclamó el jardinero sentado frente a Tarás, con voz afectuosa, mirando hacia arriba a la cara de Nejliúdov.

—Apretados, pero en amor y compañía —comentó con voz cantarina el sonriente Tarás, mientras con sus fuertes brazos levantaba su saco de dos arrobas y lo colocaba junto a la ventanilla—. Hay sitio de sobra, si no, se podía ir en pie o sentados bajo los bancos. Lo bueno es estar tranquilos. ¡A qué discutir!

Tarás dijo que cuando no bebía no encontraba palabras para expresarse, que gracias al vino las encontraba y que entonces podía decir todo lo que sentía. Efectivamente, cuando se encontraba sereno casi siempre callaba; cuando bebía —lo cual sucedía pocas veces y sólo en ocasiones especiales— se convertía en un hablador muy simpático. Entonces hablaba mucho y bien, con gran sencillez, justicia y, sobre todo, con cariño, que brillaba en sus ojos bondadosos. Y la sonrisa acogedora no desaparecía de sus labios.





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