Resurrección

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—Bueno, toma, coge, no quiero más —exclamó la mujer, devolviéndole la botella—. ¿Por qué dices tonterías? —añadió.

—Así es —prosiguió el obrero—, o es buena o empieza a chirriar como un carro que necesita aceite en las ruedas. Mavra, ¿es cierto lo que digo?

Mavra, riéndose, con un gesto de borracha, movió la mano.

—Bueno, ya se ha soltado…

—Ahí, ahí es buena… hasta determinado momento… Pues si se le da un pisotón, es capaz de hacer cualquier barbaridad… Es verdad lo que digo. Usted, señor, perdóneme. He bebido un poco más de la cuenta, pero ya no tiene remedio… —concluyó el obrero y se dispuso a dormir, colocando la cabeza sobre las rodillas de su sonriente mujer.

Nejliúdov estuvo sentado algún tiempo con el viejo, el cual le contó que era fumista, que llevaba trabajando cincuenta y tres años, y arreglando tantas estufas que ya había perdido la cuenta, que se disponía a descansar, pero que nunca tenía tiempo. Estuvo en la ciudad, donde dejó instalados a sus hijos y quería ir a la aldea para ver al resto de la familia. Al terminar de escuchar el relato del viejo, Nejliúdov se levantó y se fue al sitio que le estaba guardando Tarás.


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