Resurrección

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En el joven del perro, Nejliúdov reconoció al hijo de los Korchaguin, todavía estudiante. La señora gruesa era la hermana de la princesa, a cuya finca venían. Un revisor que llevaba galones brillantes y botas relucientes abrió la portezuela del vagón y la mantuvo así en señal de respeto, mientras Filip y un mozo con delantal blanco sacaban con cuidado a la princesa de la cara larga en su butaca plegable. Las hermanas se saludaron, y se oyeron frases en francés acerca de si la princesa iría en el coche grande o en el pequeño. Y la comitiva, seguida de la doncella de los ricitos, que llevaba sombrillas y una funda de cuero, caminó hacia la puerta de la estación.

Nejliúdov no quería encontrarse con ellos, para no tener que volver a despedirse. Se detuvo, sin acercarse a la puerta de la estación, esperando a que pasara la comitiva. La princesa, su hijo, Missy, el doctor y la doncella iban delante. El viejo príncipe se detuvo con su cuñada, y Nejliúdov, sin acercarse, sólo oía frases sueltas, en francés, de la conversación. Una de ellas, pronunciada por el príncipe, se grabó en su memoria, como suele ocurrir a menudo, con toda la entonación y el sonido de la voz.




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