Resurrección

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Los obreros, con pasos cortos y resueltos, se acercaron al vagón de primera y quisieron subir, pero inmediatamente fueron rechazados por el revisor. Sin detenerse, fueron precipitadamente al vagón de al lado, pisándose los pies los unos a los otros. Empezaron a subir, enganchando los sacos en las portezuelas y en los rincones, cuando otro revisor desde la puerta de la estación vio las intenciones que tenían y se puso a chillarles severamente. Los obreros que habían entrado salieron enseguida, y con los mismos pasos resueltos y cortos, fueron al siguiente, al mismo que ocupaba Nejliúdov. Se habían preparado para ir más lejos, pero Nejliúdov les dijo que había sitio y que subieran. Le obedecieron, y Nejliúdov entró detrás de ellos. Los obreros se disponían ya a distribuirse por el vagón, pero el señor de la gorra de escarapela y las dos damas —que habían tomado la pretensión de aquellos hombres de quedarse en el compartimento como una ofensa personal— se opusieron tenazmente y empezaron a echarlos. Inmediatamente los obreros —unos veinte hombres—, viejos y muy jóvenes, con las caras curtidas, enjutas y agotadas, tropezando y enganchándose con los sacos en los asientos, las paredes y las puertas, y sin duda sintiéndose plenamente culpables, siguieron a lo largo del vagón, dispuestos, seguramente, a ir al fin del mundo. Y dispuestos a sentarse donde les mandaran, aunque fuera encima de unos clavos.


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