Resurrección
Resurrección —¿Dónde vais? ¡Diablos! Quedaos aquí mismo —gritó otro revisor, saliéndoles al encuentro.
—Voilà encore des nouevelles![104] —contestó la más joven de las señoras, segura de que con su buen francés llamaría la atención de Nejliúdov. La señora de las pulseras se limitó a aspirar el aire, hacer muecas y decir que le daba asco viajar con campesinos malolientes.
Los obreros, que experimentaban la alegría y la tranquilidad que sienten las personas al salvarse de un gran peligro, empezaron a instalarse, a quitarse con un movimiento los pesados sacos de los hombros y la espalda, y a meterlos debajo de los asientos.
El jardinero, que había estado charlando con Tarás, ocupaba un sitio que no era el suyo y al pasar a éste quedaron tres asientos libres al lado y frente a Tarás. Tres obreros se sentaron en los asientos, pero cuando se acercó Nejliúdov a ellos, les turbó tanto su indumentaria de señor, que se levantaron para marcharse. Pero Nejliúdov les pidió que se quedaran, y él mismo se sentó en el brazo del asiento al lado del pasillo.