Resurrección
Resurrección Uno de los obreros, de unos cincuenta años, cambió una mirada perpleja e incluso asustada con un joven. El hecho de que Nejliúdov en vez de regañarles y echarlos —como correspondía a un señor— hubiera cedido su asiento, les extrañó mucho y preocupó. Incluso tenía miedo de que esto pudiera acarrearles algún problema. Sin embargo, viendo que en ello no había ninguna artimaña y que Nejliúdov hablaba sencillamente con Tarás, se tranquilizaron, mandaron al joven que se sentara en un saco y exigieron que Nejliúdov ocupara su asiento. Al principio, el obrero de cierta edad que iba enfrente de Nejliúdov no cesaba de encogerse, apartando con cuidado sus pies calzados con lapti para no tropezarle. Pero, más adelante, empezó a hablar tan amistosamente con Nejliúdov y Tarás que incluso golpeaba a Nejliúdov en la rodilla con la palma de la mano vuelta hacia arriba, en aquellos pasajes que quería llamar su atención de un modo especial. Habló de toda su vida y de su trabajo en los pantanos de turba, del que ahora regresaban a casa. Allí había trabajado dos meses y medio y ahora llevaba a casa el dinero ganado, unos diez rublos aproximadamente, ya que parte del jornal le había sido adelantado al contratarle. El trabajo, según contaba, había que realizarlo metido en el agua hasta las rodillas, de sol a sol, con un descanso de dos horas para comer.