Resurrección

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El señor distinguido de las patillas, el coronel retirado, el comerciante y otros, mantenían el brazo en alto y los dedos unidos tal y como lo había exigido el sacerdote, como con un placer especial, de forma precisa; los demás parecían hacerlo con desgana e indecisión. Unos repetían demasiado alto las palabras, como con ímpetu y con una expresión que quería decir: «A pesar de todo, las diré»; otros sólo las murmuraban, se quedaban a la zaga y, después, como si se asustaran, alcanzaban al sacerdote a destiempo; unos, con fuerza, como temiendo dejar escapar algo, apretaban los dedos con gestos provocativos, mientras otros los separaban y volvían a unirlos. Todos estaban violentos, sólo el sacerdote viejecito estaba plenamente convencido de realizar un acto útil e importante. Al terminar el juramento, el presidente del Tribunal invitó a los jurados a que eligieran su presidente. Los jurados se levantaron, pasaron en apretado grupo a la sala de deliberaciones, donde casi todos inmediatamente sacaron cigarrillos y se pusieron a fumar. Alguien propuso que se nombrara presidente al señor distinguido, y todos inmediatamente dieron su conformidad. Después de apagar y tirar las colillas, volvieron a la sala. El señor distinguido comunicó al presidente que había sido elegido él, y los jurados, marchando uno junto a otro, se sentaron en dos filas en las sillas de altos respaldos.


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