Resurrección
Resurrección Contó asimismo que las mujeres arreglaban la casa, que el contratista les había convidado antes de la marcha a una copa de vodka, que uno había muerto y que llevaban a otro enfermo. El enfermo del que hablaba estaba sentado en ese mismo vagón, en un rincón. Era un muchachito muy joven, de un pálido terroso y labios azules. Resultaba evidente que le estaba consumiendo la fiebre. Nejliúdov se acercó a él, pero el muchacho le lanzó una mirada tan severa, con tanto sufrimiento, que Nejliúdov no se atrevió a molestarle con preguntas. Aconsejó al de edad que le comprase quinina, y le escribió en un papel el nombre de la medicina. Quiso darle dinero, pero el obrero viejo dijo que no hacía falta, que pondría el suyo.
—Con todo lo que he viajado, nunca he visto señores así. No sólo no nos ha echado, sino que nos ha cedido el asiento. Eso quiere decir que hay toda clase de señores —concluyó, dirigiéndose a Tarás.
«Sí, es un mundo completamente nuevo, es otro mundo», pensaba Nejliúdov mirando esos miembros enjutos y musculosos, los trajes toscos de confección casera y los rostros curtidos, de bondadosa expresión, extenuados, y se sentía rodeado de gente completamente nueva, con intereses serios, alegrías y sufrimientos de una vida auténtica, humana y de trabajo.