Resurrección

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Era una mañana sombría de septiembre. A ratos nevaba, a ratos llovía, con intervalos de ráfagas de viento frío. Los presos de la columna, cuatrocientos hombres y cerca de cincuenta mujeres, se hallaban ya en el patio y algunos se agolpaban en torno a un jefe que repartía dinero a los encargados para la comida de dos días, mientras los demás compraban provisiones a los vendedores que habían autorizado a entrar en el patio. Se oía el rumor de las voces de los presos que compraban y contaban el dinero, y los gritos agudos de los vendedores.

Katiusha y María Pávlovna, las dos con botas altas, pellizas y pañuelos en la cabeza, salieron del local al patio y se acercaron a las vendedoras, que permanecían junto al muro, al abrigo del viento, y una tras otra ofrecían sus mercancías: panes recién cocidos, empanadas, pescado, fideos, gachas, hígado, carne, huevos y leche. Una tenía incluso un lechoncillo asado.

Simonson, con una chaqueta impermeable y chanclos de goma, atados sobre los calcetines de lana con una cuerda —era vegetariano y no empleaba pieles de animales sacrificados—, estaba también en el patio, esperando la salida de la columna. Permanecía junto a la puerta y apuntaba en el librito de notas una idea que se le había ocurrido. Consistía en lo siguiente:


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