Resurrección
Resurrección Frente al preso golpeado se encontraba un soldado de la escolta y un preso de barba negra, con una mano esposada y mirando taciturno tan pronto al oficial como al preso golpeado que sostenÃa a la niña. Entre los presos crecÃa cada vez más el rumor.
—No le han puesto las esposas desde Tomsk —se oyó una voz ronca desde las últimas filas.
—No es un cachorro, sino una criatura.
—¿Qué va a hacer con la niña?
—Eso no está en el reglamento —añadió alguien.
—¿Quién ha sido? ¿Quién ha dicho eso? —vociferó el oficial, lanzándose contra la multitud, como si le hubiera picado una avispa.
—Lo decimos todos. Porque… —dijo un preso rechoncho de cara ancha.
—¡Os vais a sublevar! Yo os enseñaré cómo tenéis que sublevaros. Os voy a fusilar como a perros. La superioridad no hará más que darme las gracias. ¡Coge a la niña!
La multitud guardó silencio. Un soldado le arrebató a la niña que lloraba desgarradoramente, el otro empezó a ponerle las esposas en la mano que tendÃa humildemente.
—¡Llévesela a las mujeres! —gritó el oficial al soldado, mientras se arreglaba el cinturón de la espada.