Resurrección

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—Siéntese. Efimia Ivánovna Bochkova —llamó el presidente, dirigiéndose a la siguiente acusada.

Pero Simón seguía en pie, y no dejaba ver a Bochkova.

—¡Kartinkin, siéntese!

Pero Kartinkin continuaba en pie, y tan sólo tomó asiento cuando se le acercó corriendo el ujier y, abriendo desmesuradamente los ojos, le susurró en tono trágico: «Siéntese, siéntese».

Kartinkin se sentó con la misma rapidez con que se había levantado y, cruzándose el guardapolvo, volvió a mover los músculos de la cara.

—¿Su nombre? —preguntó el presidente, con un suspiro de cansancio, dirigiéndose a la segunda acusada, sin mirarla, mientras consultaba un papel que tenía delante. Esta labor le era tan familiar al presidente que, para acelerar el trabajo, podía hacer dos cosas al mismo tiempo.

Bochkova tenía cuarenta y tres años, era de la provincia de Kolomna y trabajaba de camarera en el mismo hotel «Mauritania». Nunca había sido procesada y había recibido el acta de acusación. Contestaba con gran desenvoltura y con tal entonación como si a cada respuesta añadiera: «Sí, me llamo Efimia Bochkova, y me enorgullezco de ello; recibí la copia, y no permitiré que nadie se ría de mí». Sin esperar a que se lo mandaran, se sentó en cuanto terminaron las preguntas.


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