Resurrección
Resurrección —Eso no, porque la cachearán —dijo el oficial, y se echó a reír con una risa desagradable.
—Entonces, que me cacheen a mí.
—Bueno, nos pasaremos sin eso —exclamó el oficial y acercó la garrafita al vaso de Nejliúdov—. ¿Permite? Bueno, como quiera. Cuando uno vive en Siberia se alegra de encontrarse con un hombre culto. Cuando se está acostumbrado a otra cosa, resulta penoso. Se tiene una idea muy particular de nosotros: si es un oficial de escolta, entonces es un hombre tosco, inculto, pero no piensan que a lo mejor ha nacido para una cosa completamente distinta.
El rostro encarnado del oficial, su perfume, su anillo y, sobre todo, su risa desagradable, le daban mucho asco a Nejliúdov. Pero aquel día, lo mismo que a lo largo de todo el viaje, se encontraba en aquella disposición de ánimo seria y atenta en la cual no se permitía tratar con ligereza y despectivamente a nadie y consideraba imprescindible hablar con el corazón en la mano, conforme se trataba a sí mismo. Después de escuchar al oficial, y comprendiendo su estado de ánimo en el sentido de que le dolía participar en el sufrimiento de la gente que estaba bajo su mando, le dijo con seriedad:
—Considero que, debido a su cargo, puede usted encontrar un consuelo en aminorar los sufrimientos de la gente.
—¿Sus sufrimientos? ¡Pero si es una gente…!