Resurrección

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—¿Qué tiene de particular? —preguntó Nejliúdov—. Es como todo el mundo. Y los hay inocentes.

—Por supuesto, hay de todo. Por supuesto, dan lástima. Otros no perdonan una, y yo procuro hasta donde puedo suavizar las cosas. Es mejor que sufra yo a que sufran ellos. Otros, a la menor cosa, aplican el código, y fusilan. A mí me da lástima. ¿Quiere más té? Tome otro vaso —dijo llenándolo—. ¿Quién es en realidad la mujer que desea ver? —preguntó.

—Una desgraciada que fue a parar a un prostíbulo y allí la han acusado injustamente de envenenamiento. Es una excelente mujer —afirmó Nejliúdov.

El oficial movió la cabeza.

—Sí, suelen pasar estas cosas. Le diré que en Kazán había una tal Emma. Era de origen húngaro, pero tenía los ojos persas —continuaba el oficial sin poder contener la sonrisa ante ese recuerdo—. Era tan elegante que parecía una condesa…

Nejliúdov interrumpió al oficial, y volvió a la conversación de antes.

—Creo que puede usted aliviar la situación de esta gente mientras están bajo su mando. Y obrando de esa forma estoy seguro de que encontraría una gran satisfacción —decía Nejliúdov, procurando pronunciar del modo más claro, como se habla con los niños o con los extranjeros.


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