Resurrección

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—Yo mismo no sé por qué cogí el hacha —contaba—. «Coge el hacha», me dijo, y yo obedecí. Nos instalamos en el trineo y partimos. Íbamos bien. Incluso me olvidé del hacha. Empezamos a acercarnos a la aldea, faltaban unas seis verstas. Bajé y seguí a pie, porque el camino vecinal que conducía a la carretera era cuesta arriba. Iba detrás del trineo, y él murmurándome: «¿Qué esperas? Cuando salgas a la carretera habrá gente, y allí está la aldea. Se llevará el dinero. De hacerlo, tiene que ser ahora. No se puede esperar». Me incliné sobre el trineo como para arreglar la paja, y el hacha pareció venirse a mis manos. El viajero se volvió: «¿Qué haces?», preguntó. Blandí el hacha y quise golpearle, pero era un hombre ágil. Saltó del trineo y me agarró del brazo. «¿Qué haces —preguntó—, infame?» Me derribó en la nieve, no me defendí y me rendí. Me ató las manos con la correa y me echó en el trineo. Me llevó directamente a la comisaría. Me encarcelaron. Me juzgaron. Dieron buenos informes míos, dijeron que era un hombre bueno y no había cometido nada malo. Los amos donde vivía también hablaron bien de mí. Pero no tenía dinero para contratar un abogado —explicó Makar—, y por eso me condenaron a cuatro años.




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