Resurrección

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—Nunca —replicó Máslova en voz baja, suspirando.

—¿Ha recibido usted una copia del acta de acusación?

—Sí.

—Siéntese.

Levantando la falda, con ese gesto con que se arreglan las damas la cola del vestido, la procesada se sentó cruzando sus blancas y pequeñas manos sobre las mangas del guardapolvo, sin quitar los ojos del presidente.

Nombraron a los testigos, les mandaron abandonar la sala e hicieron llamar al médico forense. Después, el secretario se puso en pie y empezó a leer el acta de acusación. Leía con distinción y tono alto, pero tan rápidamente que su voz pronunciaba incorrectamente la l y la r, fundiéndose en un rumor ininterrumpido y adormecedor. Los jueces se apoyaban tan pronto en un brazo del sillón como en el otro o en el respaldo, tan pronto cerraban los ojos como los abrían, y cambiaban palabras en voz baja. Uno de los guardias había hecho varias veces esfuerzos por contener los bostezos.

Kartinkin no cesaba de mover los músculos de la cara. Bochkova permanecía sentada, completamente tranquila y erguida, de vez en cuando metía un dedo debajo del pañuelo para rascarse la cabeza.


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