Resurrección

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Nejliúdov se asombró al oír la voz temblorosa de Simonson.

—… aliviar su situación —continuó Simonson—. Si no quiere aceptar su ayuda, que acepte la mía. Si ella aceptase, pediría que me desterrasen a su lugar de reclusión. Cuatro años no son una eternidad. Viviría a su lado y, tal vez, aliviaría su destino… —se interrumpió de nuevo, presa de gran emoción.

—¿Y qué puedo decir yo? —preguntó Nejliúdov—. Estoy contento de que haya encontrado un protector como usted…

—Eso es lo que yo necesitaba saber —continuó Simonson—. Deseaba saber si, queriéndola, si deseándole lo mejor, consideraba usted una suerte su matrimonio conmigo.

—¡Oh, sí! —dijo, decididamente, Nejliúdov.

—Todo es por ella, lo único que deseo es que ese alma doliente descanse —dijo Simonson, mirando a Nejliúdov con una ternura tan infantil, que no podía esperarse de un hombre tan taciturno.

Simonson se levantó y, cogiéndole la mano, adelantó hacia él la cara y, sonriendo, le besó con timidez.

—Así se lo diré a ella —exclamó, y salió de la estancia.


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