Resurrección
Resurrección —SÃ, tengo que hablar con usted. Pero siéntese. Vladimir Simonson ha hablado conmigo.
Se sentó cruzando las manos sobre las rodillas y parecÃa tranquila, pero tan pronto como Nejliúdov pronunció el nombre de Simonson se puso roja como una amapola.
—¿Qué es lo que le ha dicho? —preguntó.
—Me ha dicho que se quiere casar con usted.
Su cara se contrajo de pronto, expresando sufrimiento. No dijo nada, y se limitó a bajar los ojos.
—Me pide mi conformidad o mi consejo. Le he dicho que todo depende de usted, que es quien tiene que decidir.
—¡Ay! Pero ¿qué es esto? ¿Para qué? —exclamó y miró a Nejliúdov con aquella mirada bizca que siempre le producÃa una gran impresión. Y esa mirada fue muy elocuente para los dos.
—Tiene usted que decidir —repitió Nejliúdov.
—¿Qué voy a decidir? —preguntó—. Todo está decidido hace mucho.
—No, tiene usted que decidir si acepta la proposición de matrimonio de Vladimir Simonson —concretó Nejliúdov.
—¿Qué esposa podrÃa ser una condenada a trabajos forzados? —replicó Máslova.
—¿Y si llega el indulto? —preguntó Nejliúdov.