Resurrección

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—No, no quedará ninguno si nos compadecemos de ellos —dijo Kryltsov elevando la voz y sin dejarse interrumpir—. Dame un cigarrillo.

—Te hace daño, Anatoli —dijo María Pávlovna—. Por favor, no fumes.

—¡Ay! ¡Déjame! —dijo enfadado y encendió un cigarrillo, pero inmediatamente tuvo un acceso de tos y fuertes arcadas. Después de expectorar, prosiguió—: No, no hemos hecho lo que debíamos. En lugar de discutir había que reunirse… y aniquilarlos.

—Pero ellos también son hombres —objetó Nejliúdov.

—No, ésos no son hombres, los que son capaces de hacer lo que ellos hacen… Ahora se han inventado las bombas y los globos, había que subir en los globos y exterminarlos como a las chinches, con bombas… Sí. Porque… —empezó otra vez, pero se puso todo encendido, tosió más fuerte que antes y tuvo un vómito de sangre.

Nabátov corrió en busca de nieve. María Pávlovna sacó las gotas de valeriana y se las ofreció, pero, cerrando los ojos, las rechazó con su mano blanca y delgada; respiraba con frecuencia y pesadez. Cuando la nieve y el agua fría le tranquilizaron, y le acostaron para pasar la noche, Nejliúdov se despidió de todos y, junto con el suboficial —que había venido en su busca y le esperaba hacía tiempo— marchó hacia la salida.


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