Resurrección
Resurrección Desde las puertas de las salas y en el corredor se oían ronquidos, lamentos y palabras entre sueños. Por todas partes se veían montones de cuerpos tapados con guardapolvos. Únicamente en la sala de los solteros había un grupo de hombres sin dormir, sentados en un rincón junto a un cabo de vela, que apagaron al ver al oficial. También había un viejo despierto, sentado bajo la lámpara, desnudo, quitándose los piojos de la camisa. El aire viciado de la sala de los políticos parecía limpio en comparación con la atmósfera maloliente y sofocante que había aquí. La humeante lámpara parecía verse a través de la niebla, y era difícil respirar. Para pasar por el corredor sin pisar ni enganchar a alguno de los que dormían había que buscar un sitio vacío delante, y al poner el pie buscar el sitio para dar el próximo paso. Tres hombres, que por lo visto no habían encontrado sitio tampoco en el corredor, se instalaron en el zaguán, junto a la maloliente bacinilla, que se salía por las junturas. Uno era un viejo idiota a quien Nejliúdov había visto varias veces durante las marchas. El otro era un niño de unos diez años; estaba acostado entre dos presos, y con la mano colocada bajo la cara dormía sobre el pie de uno de ellos.
Al atravesar la verja, Nejliúdov se detuvo, y ensanchando el pecho con toda la fuerza de sus pulmones respiró profunda y largamente el aire helado.