Resurrección

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Lo que había visto Nejliúdov a lo largo de tres meses se le presentaba de la siguiente manera: la Magistratura y la Administración seleccionaban a todos los hombres que vivían en libertad, a los más nerviosos y entusiastas, a los más fácilmente excitables, más capacitados y fuertes y menos astutos y prudentes que otros —que no eran más culpables ni más peligrosos para la sociedad que los que gozaban de libertad— y los recluían en cárceles donde permanecían por espacio de meses y años en completo ocio, con la comida asegurada, lejos de la naturaleza, la familia, el trabajo, es decir, fuera de las condiciones normales y morales de la vida humana. Además, los seres recluidos en cárceles o los condenados a trabajos forzados estaban sometidos a toda clase de humillaciones inútiles —cadenas, cabezas afeitadas, vergonzoso traje de presidiario—, es decir, suprimían el motor esencial de la vida normal en los débiles, la preocupación sobre la opinión de las gentes, la vergüenza, la conciencia de la dignidad humana. Sometidos constantemente al peligro —sin mencionar los casos excepcionales de insolación, ahogos, incendios— de las constantes enfermedades contagiosas en los lugares de reclusión, agotamiento, palizas, los seres se encontraban en unas condiciones en que el hombre de más elevada moral y el mejor del mundo, por instinto de conservación, comete los más terribles actos de crueldad y los justifica en sus semejantes. Estos hombres se mezclaban a la fuerza con seres depravados por la vida —sobre todo por esas mismas instituciones—, pervertidos, criminales y malhechores que actuaban sobre los que no estaban todavía completamente estropeados como la levadura sobre el pan. El fin que se perseguía con eso era el de persuadir a esos seres por medio de toda clase de actos inhumanos —que se llevaban a cabo en sus personas, como, por ejemplo: atormentar a los niños, mujeres y viejos, infligiendo castigos corporales, concediendo premios a los delatores de los fugitivos, vivos o muertos; separando matrimonios y uniendo para vivir hombres y mujeres extraños, fusilando y colgando— de que las violencias, crueldades y salvajismo no sólo no están prohibidos, sino que se autorizan por el Gobierno, y, por tanto, era lícito para los que se encontraban privados de libertad, en la miseria y la desgracia.


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