Resurrección

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En las cárceles —Tiumén, Ekaterimburgo, Tomsk— y en las etapas, Nejliúdov había visto cómo esa finalidad, que parecía haberse impuesto la sociedad, se lograba con éxito. La gente sencilla, corriente, de las exigencias morales de los campesinos rusos, abandonaban estas ideas y asimilaban las nuevas, las de la cárcel. Consistían en admitir como permitidas cualquier humillación, violencia y aniquilación de la personalidad humana, cuando era conveniente. Los hombres que habían vivido en la cárcel sabían —a juzgar por lo que les pasaba a ellos mismos— que todos aquellos preceptos morales acerca del respeto y de la compasión por el ser humano que predicaban los doctores de la Iglesia y los moralistas estaban anulados en la realidad y que, por consiguiente, no era preciso observarlos. Nejliúdov notó esto en todos los presos conocidos suyos: Fedótov, Makar e incluso Tarás, el cual, habiendo pasado dos meses en las marchas, asombró a Nejliúdov por la inmoralidad de sus opiniones. De camino, Nejliúdov se enteró de que algunos vagabundos, huyendo a la taiga, inducían a sus compañeros a que los acompañaran y después, matándolos, se alimentaban de su carne. Había conocido a un hombre convicto y confeso de haberlo hecho. Y lo espantoso es que los casos de antropofagia no eran aislados, sino que se repetían con frecuencia.



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