Resurrección
Resurrección La balsa llegó a la orilla. Nejliúdov sacó el portamonedas y ofreció dinero al viejo.
El viejo lo rechazó.
—Yo no cojo eso. Cojo pan —explicó.
—Bueno, perdona.
—No hay nada que perdonar. No me has ofendido. Tampoco se me puede ofender —dijo el viejo y empezó a colocarse el zurrón en el hombro. Entre tanto, sacaron el trineo y engancharon los caballos.
—Buena gana tiene usted de hablar, señor —dijo el cochero a Nejliúdov, cuando dio una propina a los fuertes balseros y subió al trineo—. Es un vagabundo inútil.