Resurrección

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El cochero volvió a sentarse de lado y acució los caballos. La ciudad era como todas: las mismas casas con buhardillas y tejados verdes, la misma iglesia, tiendas y en la calle principal un almacén, e incluso los mismos guardias. Sólo que las casas eran casi todas de madera y las calles estaban sin empedrar. En una de las calles más animadas el cochero detuvo el trineo ante la puerta de un hotel. Pero resultó que en el hotel no había habitación libre, y tuvieron que ir al otro. En el otro hotel había un cuarto disponible y Nejliúdov —por primera vez después de dos meses— se encontró de nuevo en las condiciones acostumbradas de limpieza y comodidad. A pesar de que la habitación en la que habían instalado a Nejliúdov no tenía ningún lujo, sentía un gran bienestar después de los carruajes, posadas y etapas. Lo más importante que tenía que hacer era quitarse los piojos, de los que nunca había podido librarse por completo desde que visitaba la columna. Tan pronto como se hubo instalado, se dirigió inmediatamente a la casa de baños. Después de esto, una vez vestido como correspondía a la ciudad —camisa almidonada, pantalón con la raya bien hecha, levita y abrigo— fue a ver al gobernador. El coche que había ido a buscar el portero del hotel, tirado por un fuerte caballo kirquiz, llevó a Nejliúdov a un edificio grande y bonito, junto al que había centinelas y guardias. Un jardín rodeaba la casa y en el mismo destacaba el verdor oscuro de los abetos entre los troncos desnudos de los álamos y pinos.


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