Resurrección
Resurrección El general estaba indispuesto y no recibÃa. De todos modos Nejliúdov pidió al lacayo que le pasara su tarjeta. El lacayo volvió con una respuesta satisfactoria.
—Le ruega que entre.
La antesala, el lacayo, el ordenanza, la escalera y la sala con su parqué encerado y reluciente, todo esto era parecido a San Petersburgo, aunque más sucio y pomposo. Hicieron pasar a Nejliúdov al despacho.
El general, un hombre abotagado, con una nariz como una patata y con protuberancias en la frente y el cráneo desnudo, con bolsas bajo los ojos y rostro sanguÃneo, permanecÃa sentado. Llevaba una bata de seda tártara, tenÃa un cigarrillo en la mano y bebÃa el té de un vaso con soporte de plata.
—¡Buenos dÃas, padrecito! Perdóneme que le reciba en bata, siempre es mejor que no recibirle —dijo cubriéndose con la bata el cuello grueso que formaba arrugas en la parte de atrás—. No estoy del todo bien, y no salgo. ¿Cómo ha caÃdo usted por nuestro lejano reino?
—He acompañado la columna de presos, donde va una persona que me es allegada —respondió Nejliúdov—. Y he venido a pedir a vuestra excelencia algo relacionado con dicha persona y, además, otra cosa.