Resurrección

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El director de la prisión era un hombre muy alto, grueso, de porte majestuoso, con bigotes y unas patillas que le llegaban a la comisura de los labios. Recibió a Nejliúdov con mucha severidad, y le dijo sin rodeos que no podía autorizar una visita a una persona extraña sin permiso del gobernador. A la observación de Nejliúdov de que le autorizaban incluso en las capitales, el director replicó:

—Es muy posible, pero yo no se lo autorizo —el tono de su voz significaba: «Ustedes, los señores de la capital, creen que nos van a asombrar y poner en un brete. Pero también en Siberia conocemos perfectamente las leyes, y hasta podemos enseñárselas a ustedes».

La copia en el papel de la Comisión de Indultos de Su Majestad tampoco produjo ninguna impresión en el director. Se negó rotundamente a dejar entrar a Nejliúdov en el recinto de la prisión. Y a la ingenua suposición de que Máslova podía ser puesta en libertad a la presentación de esa copia, sonrió despectivamente y le hizo saber que para poner a cualquiera en libertad debía recibir una orden de la superioridad. Lo único que prometió fue que comunicaría a Máslova que le habían concedido el indulto y no la retendría ni una hora, tan pronto recibiese la orden de su superior.


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