Resurrección

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Todos habían sido no sólo cariñosos y amables con Nejliúdov, sino que era evidente que les había gustado recibir a un hombre nuevo e interesante. El general entró en el comedor de uniforme, con una cruz blanca en el cuello, y saludó a Nejliúdov como a un viejo conocido. Enseguida brindó a los invitados aperitivos y vodka. A la pregunta del general a Nejliúdov acerca de qué había hecho después de haber estado en su casa, Nejliúdov contó que estuvo en correos y se había enterado del indulto de la persona acerca de la cual le habló por la mañana. Y ahora de nuevo pedía permiso para visitar la prisión.

El general, evidentemente descontento de que se hablara durante la comida de estas cosas, frunció el ceño y no contestó.

—¿Quiere vodka? —preguntó, en francés, al inglés, que acababa de acercarse. El inglés se tomó la copa y contó que había visitado aquel día la catedral y una fábrica, pero que desearía ver la gran prisión de los deportados.

—¡Pues magnífico! Pueden ir juntos —dijo el general, volviéndose a Nejliúdov—. Deles un pase —ordenó al ayudante.

—¿Cuándo quiere usted ir? —preguntó Nejliúdov al inglés.


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