Resurrección
Resurrección El gobernador de la lejana ciudad de Siberia era el mismo director de departamento del que tanto se hablaba cuando Nejliúdov se encontraba en San Petersburgo. Era un hombre abotagado, de cabellos rizados muy ralos, tiernos ojos azules, muy ancho de caderas, manos blancas con sortijas, y una sonrisa agradable. Este gobernador era apreciado por el dueño de la casa porque, en medio de todos los que se dejaban sobornar era el único que no aceptaba comisiones. La dueña, gran amante de la música y buena pianista, le apreciaba porque era buen músico, y tocaba con él a cuatro manos. La disposición de ánimo de Nejliúdov era hasta tal punto benévola, que ni siquiera este hombre le resultaba hoy antipático.
El alegre y enérgico ayudante de campo, que ofrecía sin cesar sus servicios a todo el mundo, resultaba simpático por su expresión bondadosa.
A Nejliúdov le gustó sobre todo la joven y simpática pareja formada por la hija del general y su marido. La hija no era guapa, pero sí joven, sencilla y totalmente absorta en sus dos primeros hijos. Él —se había casado por amor, tras una larga lucha con sus padres— era un hombre liberal, humilde e inteligente, licenciado en la Universidad de Moscú. Compaginaba su servicio con la estadística, sobre todo con la población extranjera en Siberia, a quien estudiaba, quería y trataba de salvar de la miseria.