Resurrección
Resurrección —Se cree que a todos les interesa ver a sus hijos —dijo la madre, sonriendo ante aquella simpática falta de tacto—. Al prÃncipe no le interesa en absoluto.
—Al contrario, me interesa mucho —dijo Nejliúdov enternecido por ese desbordante amor maternal—. Por favor, enséñemelos.
—¡Lleva al prÃncipe a ver a tus pequeños! —gritó el general, riéndose, desde la mesa de juego donde se hallaba sentado junto con su yerno, el dueño de las minas de oro y el ayudante de campo—. Ande, ande, cumpla usted con esa obligación.
Entretanto, la joven madre, sin duda alterada ante la idea de que iban a juzgar a sus hijos, marchaba con pasos rápidos delante de Nejliúdov camino de la habitación interior. En un cuarto de techos altos, empapelado de blanco, iluminado con una lámpara pequeña de pantalla oscura, habÃa dos camitas. Entre éstas permanecÃa sentada un ama de rostro siberiano bondadoso de pómulos salientes, y con una capa blanca. El ama se levantó e hizo una reverencia. La madre se inclinó sobre la primera camita en la que, con la boquita abierta, dormÃa tranquilamente una niña de dos años. TenÃa el pelo largo rizado y desparramado sobre la almohada.
—Ésta es Katia —dijo la madre, mientras arreglaba la manta de lana a listas azules, desde debajo de la cual asomaba un piececito blanco—. ¿Verdad que es guapa? ¡Sólo tiene dos años!