Resurrección
Resurrección —¡Qué maravilla!
—Y éste es Vaska, como le llama su abuelo. Es un tipo completamente distinto. Un siberiano, ¿verdad?
—Un niño precioso —exclamó Nejliúdov, mirando al niño gordito que dormÃa boca abajo.
Nejliúdov recordó las cadenas, las cabezas afeitadas, los golpes, la depravación, el moribundo Kryltsov, Katiusha con todo su pasado. Le dio envidia, y deseó para sà una felicidad pura y serena como la que estaba contemplando.
Después de elogiar varias veces a los niños, con lo que satisfizo —al menos en parte— a la madre, que recibÃa con avidez esas alabanzas, salió detrás de ella al salón donde ya le estaba esperando el inglés para ir juntos a la prisión, según habÃan convenido. Se despidió de los viejos y de los jóvenes dueños de la casa, y salió junto con el inglés al porche de la casa del general.
El tiempo habÃa cambiado. CaÃan grandes copos de nieve y ya habÃa cubierto el camino, los tejados, las puertas del jardÃn, la entrada, la capota del coche y el lomo de los caballos. El inglés tenÃa su carruaje, y Nejliúdov ordenó a su cochero que le llevara a la prisión. Se instaló solo en el suyo, y con la sensación de cumplir un penoso deber fue detrás del carruaje del inglés que rodaba con dificultad y despacio por el blanco camino de la nieve.