Resurrección

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Nejliúdov traducía las palabras del inglés y del director, sin penetrar en su sentido. Inesperadamente para sí mismo estaba turbado ante la entrevista que le esperaba. Cuando, en medio de la frase que le estaba traduciendo al inglés, oyó pasos que se acercaban y se abrió la puerta de la oficina y —como había sucedido muchas veces— entró el carcelero y detrás de él Katiusha con su pañuelo en la cabeza y su blusa de presidiaria, al verla, experimentó una sensación penosa.

«Quiero vivir, tener familia, hijos, quiero una vida de persona», se le pasó por la cabeza en el momento en que ella entraba con pasos rápidos en la habitación sin levantar la cabeza.

Se levantó y dio unos pasos a su encuentro, y su cara le pareció seria y antipática. Estaba otra vez como cuando le hacía reproches. Enrojecía y palidecía, sus dedos retorcían convulsivamente los bajos de su blusa, y tan pronto le miraba como bajaba la vista.

—¿Sabe que la han indultado? —preguntó Nejliúdov.

—Sí, me lo ha dicho el director.

—Así que, tan pronto se reciba la orden, podrá usted salir en libertad e instalarse donde quiera. Pensaremos en…

Se apresuró a interrumpirle:

—¿Qué voy a pensar? Donde esté Vladimir Simonson, allí estaré yo con él.


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