Resurrección
Resurrección «Pero puede que no resulte tan sencillo», se decía Nejliúdov, y, sin embargo, veía claramente que esta solución, por rara que pareciera al principio, acostumbrado a lo contrario, resultaba indiscutible y no sólo teórica, sino prácticamente. La objeción de siempre sobre qué se debía hacer con los malhechores, ¿acaso dejarlos así, sin castigo?, ya no le desconcertaba ahora. Esta objeción tendría sentido si estuviera demostrado que el castigo disminuye los crímenes y corrige a los criminales. Pero cuando se demuestra claramente todo lo contrario —que no está en el poder de unos corregir a otros—, lo único que puede hacerse es dejar de hacer lo que se hace, que no sólo es inútil, sino también nocivo, antinatural y cruel. «Desde hace varios siglos habéis castigado a los hombres que reconocéis culpables, ¿y qué?, ¿se han suprimido? No sólo no se han suprimido, sino que más bien la cantidad ha aumentado con aquellos culpables jueces, fiscales, jueces de instrucción y carceleros, que juzgan y castigan a los hombres.» Nejliúdov comprendió ahora que la sociedad y el orden existen no porque hay criminales legales que juzgan y castigan a sus semejantes, sino porque, a pesar de tal corrupción, los hombres se compadecen y se aman los unos a los otros.